Reflexión

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João Amaral, abogado (derecho vitivinícola)

El activo que nadie ve arder — eficacia, propiedad industrial y lo que hace al vino portugués tan difícil de copiar

Cuando una viña arde, todo el mundo entiende la pérdida. Hay humo, hay sirenas, hay cepas calcinadas que se fotografían. Cuando una bodega colapsa, el perjuicio tiene domicilio, tiene número, tiene factura. Pero existen pérdidas que no dejan ruinas. Si la reputación de una región se desvanece, si la percepción de calidad que durante siglos se fue pegando a un nombre comienza a apagarse, nadie verá humo ni oirá sirenas. Y, sin embargo, el daño podría ser incomparablemente superior al de cualquier incendio.

La paradoja de los activos invisibles

Quizá sea esta la paradoja más incómoda de la economía contemporánea. Los activos más valiosos son casi siempre invisibles. Y lo que no se ve tiende a ser infravalorado, precisamente porque no cabe en ningún balance ni se mide con ningún instrumento.

Portugal vive dentro de esta paradoja, aunque no siempre tenga conciencia de ello. Somos uno de los territorios vitícolas más antiguos del planeta, con una diversidad de variedades que desconcierta a los expertos y regiones cuya reputación se fue construyendo a lo largo de generaciones. Pero plantemos una pregunta incómoda: ¿cuánto vale todo esto? La respuesta instintiva es mucho. Y está equivocada. No porque sea exagerada, sino porque responde a la pregunta equivocada. La cuestión decisiva no es cuánto vale, sino cuánto de ese valor logramos efectivamente transformar en riqueza. Tener valor y capturar valor son cosas distintas.

La eficacia como concepto central

Aquí entra un concepto que el debate sobre la propiedad industrial suele ignorar: la eficacia. Durante demasiado tiempo hemos confundido protección jurídica con creación de valor. Registramos marcas, denominaciones de origen, indicaciones geográficas, y damos el trabajo por concluido. En realidad, es en ese momento cuando empieza.

Una denominación de origen es, en el plano jurídico, un derecho colectivo que protege un nombre contra la usurpación y la evocación, vinculando el producto a un territorio y a un modo de hacer. Una marca cumple una función distintiva. Son instrumentos sólidos. Pero el registro confiere protección, no demanda. Una marca que nadie desea es un número en una base de datos. Una indicación geográfica que no influye en la decisión de compra es una figura administrativa. El derecho sólo se vuelve económicamente vivo cuando cambia comportamientos: cuando crea preferencia, cuando modifica percepciones, cuando hace que alguien, ante el estante, elija este y no aquel.

Psicología del consumidor y el papel del significado

Las personas no pagan más por lo que es objetivamente mejor. Pagan más por lo que creen que es mejor. Puede parecer injusto. Es simplemente humano. El mismo vino, servido a ciegas, recibe una puntuación; servido en una bodega centenaria, rodeado de las viñas que le dieron origen y de una historia bien contada, recibe otra. El líquido no ha cambiado. Ha cambiado el significado. Y cuando el significado cambia, el valor cambia con él.

Por eso la propiedad industrial es mucho más que un instrumento jurídico. Es una tecnología económica, quizá la más sofisticada que hemos inventado para convertir la reputación en riqueza. Una denominación de origen eficaz no sólo protege una región: aumenta la disposición a pagar. Una marca eficaz no sólo guarda un nombre: reduce el riesgo percibido por quien compra. Una indicación geográfica eficaz no sólo preserva una tradición: transforma confianza en precio.

El verdadero riesgo

El verdadero riesgo no es que alguien copie nuestras viñas: eso es imposible. El verdadero riesgo es más sutil: que dejemos de comprender el valor de lo que nos hace únicos, y que confundamos el registro con la tarea cumplida.

La propiedad industrial, en su mejor versión, existe para evitar ese olvido. No protege solo nombres, símbolos y registros. Protege el significado. Y en una economía construida sobre percepciones, confianza y reputación, el significado puede ser el activo más valioso de todos — incluso cuando, como lo mejor que tenemos, nunca aparece en ningún balance.

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